🧊🔥 El Dr. Frío-Calor: La Medicina de la Temperatura y la Disputa del Termostato
En la tranquila localidad de Sanación, donde el ritmo de vida era tan pausado como las estaciones, ejercía el Dr. Elías Termus. El Dr. Termus no creía en las complejas polifarmacias ni en los diagnósticos esotéricos. Su filosofía médica se basaba en un principio singular y radical: la mayoría de las dolencias humanas podían curarse o al menos aliviarse mediante la aplicación rigurosa de compresas, ya fueran gélidas o ardientes.
El Método Termus: Dos Extremos para un Equilibrio
Para el Dr. Termus, la enfermedad era simplemente un desequilibrio térmico o energético que debía ser corregido por la «terapia de contraste».
- Si la dolencia se manifestaba con inflamación, fiebre o «exceso de espíritu» (según él), prescribía invariablemente compresas frías como el hielo polar, prometiendo desinflamación y calma.
- Si el malestar era crónico, dolor articular o «falta de vitalidad», la receta eran compresas calientes, tan reconfortantes como la lava, destinadas a estimular la circulación y revitalizar.

La Fiel Congregación de la Temperatura
Sorprendentemente, el Dr. Termus tenía una base de pacientes incondicionales. Muchos juraban que su método era milagroso.
- «¡Me quitó el dolor de cabeza que arrastraba desde hacía diez años!», exclamaba la Sra. Elena, una entusiasta del frío, cuyo testimonio más célebre era que una bolsa de guisantes congelados había sido su mejor analgésico.
- «La artritis me dejó en paz gracias a sus paños escaldantes. Me siento como si tuviera veinte años otra vez,» afirmaba el Sr. Ramón, que no salía de casa sin su calentador de manos portátil.
Para estos pacientes, el tratamiento era más que curativo; era una experiencia ritual. El simple acto de elegir entre frío o calor les daba un sentido de control sobre su aflicción.
La Fricción Estacional y la Frialdad Crítica
Sin embargo, no todos los habitantes de Sanación compartían el fervor. Existía un grupo creciente de escépticos y, lo que era peor, de pacientes insatisfechos y francamente incómodos.
La crítica alcanzaba su punto álgido con el cambio de estación, creando una situación digna de una comedia de enredos termodinámicos:
- En Pleno Verano: Cuando el sol abrasaba Sanación, los pacientes de la terapia caliente clamaban al cielo. «¡Doctor, mi rodilla necesita calor para curarse, pero si me pongo otra compresa caliente más, sufro un golpe de calor!», se quejaban, sudando profusamente.
- En el Crudo Invierno: La situación se invertía. Los seguidores de la compresa fría, obligados a aplicarse hielo en sus tobillos inflamados, tiritaban sin remedio. «¡Es demasiado frío, Doctor! Mi resfriado empeoró porque mi cuerpo no puede entrar en calor. ¡Necesito una manta, no un iceberg!», protestaban.
La frase más escuchada en la sala de espera del Dr. Termus se convirtió en un irónico «¡Qué calor!» por parte de los adherentes al calor en verano, y un escalofriante «¡Qué frío!» de los devotos del hielo en invierno.
El Legado del Contraste
Al final, el Dr. Termus nunca fue a prisión por su método, pero se convirtió en una leyenda local. Su historia no es solo un cuento sobre un médico excéntrico, sino una metáfora de la medicina misma: a veces, el alivio está en lo simple (un cambio de temperatura, una atención), pero la ciencia real requiere matices, diagnóstico y, lo más importante, considerar la comodidad del paciente.
A día de hoy, en Sanación, si alguien duda sobre una decisión, la respuesta suele ser: «Pregúntale al Dr. Termus: ¿Frío o calor?». Y nadie está seguro de si es un consejo médico o simplemente una broma sobre el clima.
