El Desastre del Debut
La primera vez que Los Soplos tocaron en el festival de la ciudad, nadie esperaba nada fuera de lo común. Pero en cuanto el batería dio el primer golpe, el cielo se abrió. No fue una lluvia poética; fue un muro de agua helada que cayó sin previo aviso durante tres horas seguidas.
El sistema de drenaje de la plaza colapsó en veinte minutos. La gente, que iba en camiseta y pantalones cortos por el verano, terminó con el agua por las rodillas, tiritando mientras intentaba salvar sus teléfonos.
La Epidemia del «Catarro del Rock»
Al día siguiente, la ciudad no amaneció con resaca, amaneció enferma.
- El 80% de los asistentes terminó con fiebre de 39°C.
- Las farmacias agotaron el paracetamol y los pañuelos en tiempo récord.
- El estornudo se convirtió en el sonido oficial de la calle.
Fue un desastre económico: las oficinas cerraron porque nadie podía dejar de toser y el hospital local colapsó con gente que tenía los labios morados del frío que pasaron en el concierto.
El Veto Definitivo
Cuando la banda intentó programar un segundo concierto un mes después, los vecinos entraron en pánico. Se corrió la voz de que eran «gafes» (salados). La asociación de comerciantes presentó una queja formal al ayuntamiento con un argumento muy simple: «Cada vez que estos tocan, la ciudad se va de baja por enfermedad».
El ayuntamiento, temiendo otra crisis sanitaria y facturas de limpieza por inundación, tomó una medida drástica:
- Cancelación inmediata: Se les retiró la licencia para tocar en cualquier espacio público o privado.
- Cláusula de «Sequía»: Solo se les permitiría tocar si la ciudad sufría una sequía de más de seis meses, y bajo supervisión médica.
El Final
La banda intentó ensayar en un garaje a las afueras, pero a los diez minutos empezó a gotear el techo y el bajista pilló una bronquitis. Decidieron que no valía la pena. Hoy en día, los miembros de la banda tienen prohibido incluso cantar en los karaokes locales; en cuanto uno agarra el micrófono, los camareros sacan los paraguas y el público sale corriendo a ponerse la vacuna de la gripe.
