El Eco del Pasado
Antiguamente, el Parque de los Olmos era el pulmón del barrio. Era un lugar donde el silencio solo se veía interrumpido por el susurro de las hojas y el canto de los pájaros. Los ancianos leían el periódico en bancos de madera tallada y los niños jugaban al escondite entre arbustos espesos. Era un refugio de calma donde el tiempo parecía detenerse.
La Gran Transformación
Todo cambió el día que las excavadoras derribaron los sauces. En lugar de césped y senderos, el ayuntamiento decidió levantar un enorme pabellón polideportivo. La estructura era imponente, rodeada por rejas metálicas altísimas que llegaban casi hasta el cielo, diseñadas para contener la energía de los juegos, pero que terminarían convirtiéndose en un instrumento de tortura acústica.
Lo más peculiar —y lamentable— fue la construcción del suelo. Para ahorrar materiales o por un error de diseño, la pista se construyó sobre una base hueca. El resultado fue una superficie que actuaba como la caja de resonancia de un tambor gigante.
El Cambio en los Niños
Con la inauguración del pabellón, la personalidad de los niños del barrio sufrió una metamorfosis. Aquella calma de antaño desapareció, reemplazada por una energía frenética y agresiva.
- El golpeo constante: Los balones ya no rodaban por la hierba; ahora golpeaban con violencia las rejas metálicas. Cada impacto producía un estruendo vibrante que se extendía por todas las calles aledañas.
- El efecto tambor: Cada vez que un niño corría o botaba la pelota, el suelo hueco emitía un “boom-boom” profundo que hacía vibrar las ventanas de las casas cercanas.
- La pérdida de la armonía: Los gritos ya no eran de alegría, sino de competencia ruidosa. Los niños se volvieron ajenos al descanso de los demás, obsesionados con el rebote y el sonido del metal chocando.
Un Lugar donde Nadie Quiere Estar
El barrio, que antes era el más codiciado de la ciudad, se convirtió en una zona fantasma de vecinos cansados. Los carteles de «Se Vende» empezaron a aparecer en los balcones. Nadie quería vivir frente a aquel pabellón que transformaba el juego en estrépito.
Los ancianos dejaron de salir a sus bancos, y las familias buscaban parques en otros distritos. El Parque de los Olmos ya no era un parque; era una caja de ruido cerrada donde el silencio había muerto bajo el golpe arítmico de un balón contra una reja.
